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Entrevistas perfil
Alan Wagner: “Me gustaría pasar a la historia”
Alan inició su camino por los campos de césped en edad preescolar. A los 5 años miraba con fascinación los torneos de la Asociación de profesionales del Golf de los Estados Unidos (PGA) que televisaban los canales de cable. ¿Qué puede atraerle del golf a un niño de 5 años? Bueno, este niño recién convertido en adolescente vivía, además, frente a la inmensidad verde del club Estudiantes; pero no del lado “residencial”, sino del lado más humilde, en el barrio Independencia. Alan se cruzaba a las canchas con tan sólo 5 años, a soñarse Tiger Woods. Con la cabellera al estilo Carlitos Balá, ya sabía imitar el swing que veía por TV. “No le pagaba a la pelota, pero tenía un movimiento perfecto” recuerda con gracia Marcelo Miguel, su primer profesor. Miguel habla de Alan al borde de la emoción. “Es el hijo ideal” confesó admirado por el deseo del joven de ayudar a su familia. Es que el golfista de 18 años no olvida su origen. Oscar, el padre, es empleado mecánico y la madre es cobradora de una obra social. Viendo la pasión de su hijo, lo inscribieron en la escuelita de golf a los 6 años pero a partir de los 13, su juego se fue haciendo más competitivo; la exigencia y los gastos aumentaban tanto o más que su edad y sus padres no podían afrontar económicamente una carrera deportiva profesional. Al conocer la situación, dos socios que sabían de su talento decidieron ayudarlo. Agradecido y obsesionado con el green, Alan dedica su vida al golf desde que tiene memoria. El joven reconoce que no hacía otra cosa: “Terminaba el colegio a la mañana y lo único en que pensaba era en irme al club a jugar. Me sentía muy cómodo en el club”. Alan contradice todos los supuestos del golf: No es robusto, no es de clase alta y es uno de los jugadores más jóvenes. Esa fascinación lo acercó al éxito y a la popularidad, pero lo alejó de la amistad que sólo entabló luego de los 11 años, con otros golfistas. Su infancia aparece borrosa y sin el golf; directamente nula.
Dedicarse con tanto empeño a algo, desde los 6 años, no es tan fácil. Los dos primeros torneos en los que se inscribió, no los jugó. Miguel cuenta que 15 minutos antes de iniciar la competencia, el niño rompía en llanto y se rehusaba a jugar sin razones. Aún hoy nadie, ni el mismo Alan, comprende qué sentimiento lo afectaba tanto como para suspender la actividad que más le gustaba. “Extrañaba” soltó hipotéticamente el joven sin dar, ni darse, mayores explicaciones. Hay muchas cosas que todavía no se cuestiona. Quizás por la premura con que el éxito apareció en su vida; como predestinado, tan prematuro como el alba, tan rápido que no da tiempo a preguntas pero exige respuestas impetuosamente.
El pibe lleva una vida acelerada. No pudo completar el primer año de Polimodal por los viajes. Pero no se lamenta ni piensa en retomar: “Por ahora mi cabeza está solamente en el golf.” Con 18 años, ya conoce Brasil, Chile, Perú, Venezuela, Estados Unidos, Canadá, Japón y Sudáfrica. Parece extremadamente tímido e introvertido, pero finalmente es un chico más. Le gusta el rock nacional; es fanático de los Redonditos de Ricota. Mientras hablamos de bandas y estilos, irrumpe en el living-comedor uno de sus hermanos (no sabría decir cuál; son gemelos!). El perrito y la madre vuelven a escena para recibirlo, el can más eufórico que Celeste, quien alerta a uno de los idénticos sobre la entrevista y todos desaparecen tras una puerta. Parsimonioso, Alan prefiere juntarse con amigos y comer un asado en lugar de salir a bailar. También le gusta el fútbol pero admite que es “malísimo”. Desde que se esguinzó una muñeca en un partido entre amigos, no volvió a tocar la pelota. Es un pibe como cualquier otro… como cualquier otro con una obsesión. Alan ya se encuentra en Estados Unidos para afrontar su etapa más solitaria, la más difícil. Se siente orgulloso de que otros chicos lo admiren e imiten pero le cuesta mucho imaginarse dentro de 20 años: “La verdad es que nunca me había preguntado eso, trato de pensar en objetivos más cortos. Por ahora quiero trabajar duro para entrar en el PGA y después me gustaría pasar a la historia”. En lo que refiere al resto de su vida, se ve, dentro de muchos años, casado y con hijos pero no espera que también se dedique al golf, aunque “si juegan, mejor”.
El próximo mes estará compitiendo para clasificar en el PGA que, para los desentendidos como yo, es la competencia más importante del mundo, donde juega, por ejemplo, Tiger Woods. “La parte más difícil viene ahora por que yo me represento a mi mismo, así que voy a sentirme más solo” vaticina Wagner. Entonces, quizás otro pibe, en otra humilde habitación, lo vea por televisión y se cuele en la inmensidad de una cancha para soñar su mismo sueño.
El básquet lo conoce como un defensor insistente y tenaz. En el enfrentamiento cuerpo a cuerpo no pide permiso pero todavía necesita la autorización de sus padres para salir del país.
ALEJANDRO DIEZ:
La edad y la madurez
De ese gigante de dos metros sale una voz grave y resonante. Parece más tímido de lo que finalmente resulta. Mi contacto es la novia de Ale, quien lo acompaña desde hace varios años, por lo que la entrevista termina desarrollándose en la casa de ella, con “suegra” incluida. La presencia de tantas mujeres no parece intimidarlo. La charla se da con fluidez sin intervención de las espectadoras.
Ale cuenta que empezó jugando al fútbol, a los 8 años, pero “el estirón” de los 13 lo entorpeció para ese juego. “En 2 años había crecido 16 centímetros”, señala para explicar su acelerado ascenso. La altura que entorpeció su fútbol le dio ventajas en el básquet. En Ferro, el club que lo vio crecer, el nuevo entrenador luchaba para hacerle entender que como futbolista sería un excelente basquetbolista.
Se inició a los 14 años, una edad tardía para lo habitual entre deportistas profesionales Pero desde que puso un pie en el parquet no paró de cosechar éxitos y demostró un gran talento. Ale era un excelente ala pivot y no lo sabía. “Me fue pasando todo de golpe”, recuerda “El gordo”, como lo llaman sus amigos.
Su padre fue futbolista y le enseñó a amar el deporte en general. Su madre lo protege y durante dos años no lo vio jugar “porque desde que estoy en la Liga tengo golpes duros y si ve que pasa algo, se pone nerviosa, se preocupa”.
Ale tiene el físico y el temple necesario, pero su buen desempeño también se debe al trabajo duro. “Cuando tenía 14 años, salía de la escuela y estaba casi todo el día en el club Ferro, con mi entrenador. Entrenaba con mi categoría, con una más grande y después solo. Y además hacía pesas. Estaba todo el día en el club”. La exigencia limitaba su tiempo libre. Mientras sus amigos salían a bailar los viernes, él se acostaba temprano para entrenar cada sábado a la mañana. “Al principio lo sufría” reconoce Ale. Pero más tarde comprendió que tenía la fortuna de vivir del deporte que le apasiona.
Recorrió casi todas las provincias del país. También jugó torneos internacionales y pisó suelo alemán, español, colombiano, ecuatoriano, paraguayo y chileno. Y en este momento corre por tierra brasilera donde se disputa el Sudamericano.
A España fue a los 16, acompañado de su padre, para probarse en un club. El contrato no se concretó porque su madre prefirió que se quedara cerca de la familia. El talento del jugador era grande, pero él todavía era un pibe. Un año después, la pasión se hizo trabajo y la responsabilidad mayor. En junio del año pasado se mudó a Mar del Plata donde el nivel es superior al local. En la ciudad feliz, el baloncesto es feliz. El fervoroso fanatismo de los espectadores sostiene la calidad de la competencia y ya le dio a Ale su primer auto, aunque para salir del país todavía necesita la autorización de sus padres.
Las contradicciones entre la edad y la madurez se repiten. Su novia es 4 años mayor y cuando la conoció, a los 17, le dijo que tenía 21, como ella. Pero a medida que la mentira se hacía débil, Ale reconocía un año menos cada semana. De modo que tuvo 21, 20, 19, 18 y 17 en el mismo mes. Cuando la cuenta regresiva llegó a su fin, era demasiado tarde para echarse atrás y su “estrategia”, como dice él, había funcionado.
Este año cumplió uno de sus anhelos. Alguien lo tocó por la espalda y cuando se dio vuelta, se quedó duro. Apenas atinó a darle la mano. Era Emanuel Ginóbili. “Estábamos en un restaurante y cuando lo vieron la gente se puso loca, no lo dejaban comer. Se tuvo que parar y les dijo que cuando terminara de comer iba a saludar a todos mesa por mesa. Al terminar, contó algunas anécdotas y luego se paró y pasó a saludar a todos los fanáticos, como había prometido. Eso me llamó la atención, me pareció un gran gesto”.
A los 20 años, Ale ya cumplió el sueño de jugar en la Liga Nacional y de conocer a “Manu”. Ahora su fantasía es llegar a la NBA, pero también desea formar una familia dentro algunos años, cuando su pasar económico esté asegurado y pueda salir del país sin autorización de sus padres.
- Nombre: Alejandro Gabriel Diez
- Alias: “El Gordo”
- Fecha y lugar de nacimiento: 21/02/1987. Olavarría
- Edad: 20.
- Altura: 2.01
- Peso: 110 – 112.
- Puesto: Ala-Pivot
- Club actual: Peñarol (Mar del Plata). Último subcampeón de la Liga Nacional.
- Señas particulares: Ganó dos veces el Olimpo de plata. Se inició en Ferro, luego pasó a Estudiantes y hace 1 año y 5 meses se destaca en Peñarol. Participó en el último Juego de las Estrellas, en el equipo de las promesas.